Artículo para la Revista Integra septiembre 2015 / "Sobre los Proyectos de la Universidad Anáhuac México Sur y el futuro de nuestro campus"

Estoy convencido de que las escuelas de arquitectura tienen la responsabilidad de formar arquitectos desde el hacer –“la arquitectura se aprende haciéndose”-, y en ese sentido deben participar en proyectos especiales y de vinculación cuya primera instancia sería el propio territorio, es decir: la formación comienza en casa. En eses sentido, desde que llegué a la Dirección de la Escuela de Arquitectura he procurado participar de manera sostenida en el desarrollo arquitectónico de nuestro campus como estrategia pedagógica.

Mi primer encuentro con la Universidad Anáhuac del Sur fue en 1999 cuando daba clases de proyectos allí, aunque la totalidad de nuestras instalaciones las conocí cabalmente después de visitarlas a diario desde el 2006 durante tres o cuatro años, quizás más.

Desde la escuela en 2007 empezamos haciendo proyectos menores para nuestro campus en tanto escala, mejoramientos, propuestas viables que no representaran inversiones mayores y que no comprometieran el futuro del campus, sino que lo exaltaran: un proyecto para la plaza de acceso, hoy “la Explanada”, un espejo de agua conmemorativo, una rampa de acceso a la torre 2, diseños de paisaje, la revitalización de la cafetería o un comedor de empleados que se convirtió en un espacio de receso evocador…así hasta llegar a un momento en el que coordinamos el proyecto de una Ermita (la Ermita de la Paz en 2010-2011), encargado por el entonces Rector Dr. Jorge López al Arq. Attolini Lack, acaso el último proyecto arquitectónico en el que trabajara el gran maestro Attolini.

En el verano del 2013 participábamos en la realización de un proyecto arquitectónico para un nuevo campus de la Universidad de Panamá. Un Plan Maestro que respondía a un detallado programa de necesidades integrado por varias escuelas y facultades y cuya presentación, tanto en México como en Panamá, se convirtió en una gran satisfacción que no sería más que el primer capítulo de una historia de éxito para nuestra Escuela de Arquitectura.

El 2014 fue un año muy importante para nuestra Universidad, entre otros sucesos de crecimiento, por la apertura de la Escuela de Medicina y de la carrea de Médico Cirujano. Advirtiendo la imperiosa necesidad de emplazar instalaciones nuevas en nuestro campus, y la demanda creciente de diversos espacios derivados de la visión de crecimiento y de cambio vanguardista promovidos por nuestro Rector, le propuse anticiparnos desde la Escuela de Arquitectura a la revisión y el diseño de un Plan Maestro Definitivo para nuestra Universidad (antes de tener que improvisar peligrosamente…). Con el determinante apoyo del Act. Cárdenas, la experiencia de los años anteriores y del profesionalizante caso de Panamá, nos dimos a la tarea -el verano del 2014-, de trabajar en un taller exhaustivo para producir dicho plan maestro para la UAMS. Hicimos la tarea formando equipos con nuestros alumnos que atacaron proyectos particulares además del plan maestro al que me avoqué directamente.

La diversa investigación además de un análisis cuidadoso de todo cuanto pudiera preverse para la planeación de una universidad, sumado a un exhaustivo proceso de reflexión y diseño iniciado años atrás, dieron como resultado un nuevo Plan Maestro imaginado para escenarios previsibles unos, imprevisibles los otros. Una estrategia de diseño a partir de “escenarios” o etapas que salvaguardan valores esenciales de nuestro campus: un contexto verde, exento de obras provisionales, sostenible, en un terreno de inusitada plusvalía,  pero congruente con una filosofía vigente que respetamos y mantenemos del proyecto original del Arq. Imanol Ordorika para la Universidad Anáhuac (Huixquilucan 1964): neutralidad y bajos costos de mantenimiento mediante una arquitectura contemporánea, racional y de calidad que deberá responder a nuestro momento histórico “2014 en adelante” y a nuestro privilegiado espacio geográfico, con todo lo que eso significa.

Además de las circulaciones y las vialidades actuales, de los estacionamientos, de la propia Escuela de Medicina con un posible complejo de Ciencias de la Salud, encontraron su lugar en un primer escenario: el Gimnasio Universitario, una Residencia Estudiantil, un Centro de Vida Universitaria (ese “centro magnético que allí está pero aún no existe”) la Capilla Universitaria, un edificio de Talleres y Laboratorios y todo un criterio de acabados para las torres existentes y de diseño de obras exteriores. Muy resumidamente.

A finales del 2014, (gracias a que contábamos ya con el citado Plan Maestro autorizado) la inminente urgencia de albergar nuevas instalaciones para los estudiantes de Medicina nos impulsó a “insertar” –en un tiempo record de 4 meses-  la primera pieza acorde al Plan Maestro Definitivo: el Edificio de Talleres de Mantenimiento que sirve hoy en día como Anfiteatro y Laboratorios de Medicina, que funcionan temporalmente allí en tanto se proyecta y se construye el nuevo edificio de dicha escuela, y cuyo proyecto iniciamos de igual menera a principios de este año.

¿Cómo debería ser la nueva arquitectura Anáhuac? Esa pregunta es, seguramente, a la que más tiempo hemos dedicado. Crecí en los patios del Cumbres de Rosedal 50, obra de José Villagrán García, después habité el Cumbres de Ahuehuetes, una belleza de Imanol Ordorika, y conocí la Universidad Anáhuac, en primero de preparatoria, donde después me formé como arquitecto. ¿qué tienen en común estos edificios? ¿afectaron el algo mi formación personal y académica?

El nuevo edificio de la Escuela de Medicina encuentra su emplazamiento en una zona dentro del campus que potencia la vocación de servicio a la comunidad, cerca de los accesos y salidas del complejo Universitario, a un costado del Edificio de Rectoría; se trata del primer edificio de la Red de Universidades Anáhuac que contará con un estacionamiento en los primeros niveles, por debajo de su planta baja. Si bien el edificio presenta una forma parecida a la de las tres torres preexistentes, esta nueva pieza incorpora el concepto de “atrio interior” a manera de gran espacio de encuentro que propiciará la vida universitaria. En el primer nivel inferior de estacionamiento se encuentra la “ruta negra y el bioterio”; la planta baja de la escuela estará equipada con laboratorios, quirófano, anfiteatro, zona de transfer “gris y blanca”, un novedoso centro de simulación, además de un auditorio para 60 alumnos similar al Lech Waleesa de la Torre 1. Un sistema de escaleras y elevadores centrales, comunican a los dos niveles superiores previstos para aulas, laboratorios y la zona administrativa, todo lo anterior previsto con las más avanzadas tecnologías en lo que toca a la velocidad digital, y al futuro cercano en línea.

¿Cuál es el futuro de nuestro campus? El desarrollo de la infraestructura de una universidad puede depender de eventos que transcienden a la planeación de un plan maestro. La velocidad de nuestra época muchas veces impide imaginar siquiera como sería las universidades del futuro, por eso confío en que nuestra estrategia de escenarios es correcta, y mejor aún trabajar desde la propia Escuela de Arquitectura.

JVdM

DE BIBLIOTECAS / Colaboración para el suplemento "Espacio Urbano" de El Financiero abril 2015

Resulta inevitable confrontar el concepto Biblioteca con el mega-popular y súper-cotidiano buscador Google, o con los servidores tipo nube y cosas así, o con un smart-phone si se quiere. Comento con mis alumnos recurrentemente esa especie de revelación que me supuso GoogleEarth, o más recientemente Uber. Esos avances de la tecnología –entre muchos otros seguramente– representan momentos puntuales en una línea del tiempo de la historia de la humanidad, cuya velocidad y aceleración producirán aún mayores revelaciones: the best is yet to come. Se dan por hecho en las apps por ejemplo. Cuando los actuales universitarios nacieron ya había computadoras, llevaban poco más de 10 años de existir en el mercado. Esto viene a cuento con una idea (de cierta ambición pedagógica) de asemejar el suceso de la creación de la primera imprenta moderna, por Gutenberg, circa 1440, con el lanzamiento de la primera computadora personal, la Macintosh 128k en 1984, para aterrizar en el concepto documento, que no libro, pero que coincide y aterriza en el archivo. Lo que representaron, tanto la imprenta moderna, como la computadora personal, son revoluciones y cambios de paradigmas en cuanto al conocimiento y la forma de vida de la humanidad.

Como arquitecto, la introducción de arriba, el cuerpo, la conclusión y toda esta entrada en términos de un blog, no será más que un intento de responder a la pregunta sobre el futuro de las bibliotecas y las bibliotecas del futuro. Memoria, archivo, acervo, o centro de conocimiento –de papel, electrónico, o digital– la biblioteca es un lugar, hoy por hoy tanto físico como virtual. En ese sentido, ¿de qué dependería la supervivencia de las bibliotecas reales? ¿de la fecha en que se erigieron? ¿de su monumentalidad? ¿de que sean visitadas por la gente? ¿de su acervo editorial? Una biblioteca no es sólo un archivo o una colección; se actualiza pero también custodia y preserva libros –documentos históricos–, la cultura y el patrimonio de una civilización. Tal vez, además de un lugar (en este caso edificio construido) donde se guardan libros.

La definición de biblioteca hoy en día contiene ciertos atributos sustanciales a su existencia: biblioteca es también un término cualitativo de cierto lugar tanto arquitectónico como urbano: tesoro, signo, icono, o lugar de encuentro. Se trata, en resumen, de una posibilidad, un derecho social de superación tanto personal como colectiva: conocimiento al alcance de la mano, a saber. En ese sentido, la biblioteca como espacio interactivo representa –de entrada– una confrontación personal frente al conocimiento, independientemente de su relativa condición pública o privada. Una primera conclusión: la biblioteca como espacio físico no es un lujo, se trata de una necesidad básica y fundamental de la sociedad en su conjunto (independientemente del momento histórico que vivimos); por eso, las configuraciones arquitectónicas de dicho espacio, independiente de su escala, han sido generalmente singulares. En resumen y en virtud de lo anterior, menciono algunos poquísimos ejemplos que me han interesado particularmente desde la perspectiva de su arquitectura y su programa:

La Biblioteca Nacional de Francia (Dominique Perrault, 1995) es un complejo de gran escala urbana configurado por cuatro torres (depósitos de libros) que aluden a una representación de libros abiertos que componen el espacio público –una enorme plaza– y el remanso que demanda la lectura al interior del espacio delimitado por una arquitectura impecable, volcada a un gran jardín botánico interior.

De una forma completamente distinta pero de atributos similares en cuanto a factura arquitectónica, la Biblioteca Vasconcelos de nuestra capital (Alberto Kalach, 2006) se presenta también como una especie de joya arquitectónica, acaso menos privilegiada en su contexto urbano. Se trata de una pieza monumental con un interior sumamente potente –y logrado– que es acervo, lugar de encuentro, y que integra salas de consulta y de lectura con vistas a jardines botánicos exteriores que son más bien accesorios del icónico interior. “Lo mejor es lo que ocurre en este gran recinto –me reiteraba el director de la biblioteca recientemente– un encuentro de toda la ciudadanía que viene a realizar aquí distintas actividades, allá hay gente haciendo coreografía, por ejemplo.”

Estos casos dan cuenta de que una biblioteca, como un museo, es una oportunidad urbana de enorme responsabilidad social. La Biblioteca España (Giancarlo Mazzanti, 2007) en Medellín, Colombia, es un caso famoso de dicho potencial en tanto tipología, en este caso como elemento de regeneración urbana atendiendo a los sectores más vulnerables de la sociedad. Mención especial merecen las bibliotecas de Rogelio Salmona en Bogotá, particularmente el edificio del Fondo de Cultura Económica, inserto en el Barrio de La Candelaria dentro del centro histórico de la capital colombiana: un referente que conocí hace poco tiempo.

En tanto colección y espacio público, existe cierta similitud entre una biblioteca y un museo. La tipología del museo ha incorporado funciones propias de las bibliotecas, tales como el archivo, la lectura y la investigación. El Newseum (Polshek Partnership Architects, 2008) en Washington DC, es un caso excepcional en un contexto altamente privilegiado. Hasta aquí diría que las bibliotecas lejos de desaparecer habrán de seguir adaptando sus programas arquitectónicos para incorporar las nuevas formas de conocimiento.

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DE LOS "CENTROS HISTÓRICOS" / Colaboración para suplemento “Espacio Urbano” de El Financiero agosto 2014

Esta reflexión no borda exclusivamente sobre el centro histórico del DF, mi ciudad,  sino sobre todos los que conozco, o del concepto, si se prefiere, reconociendo que lo hago de forma subjetiva y desde la total percepción.

Por una parte, hoy por hoy reulta impensable un centro histórico sin periferia, es más, su definición se debe a la periferia misma como expansión territorial y cronológica que nació en un asentamiento que por ciertas cualidades alcanzó el grado o la dignidad de “centro histórico”; acaso el azar “histórico” de la escala, la factura o de la geografía haya destilado por igual el concepto –acaso artesanal- de “pueblo mágico”, a saber, también fascinante...

Si recurrimos a la definición de arquitectura de Octavio Paz (que, aunque en proceso de desgaste es inagotable), “…testigo insobornable de la historia, porque no se puede hablar de un gran edificio sin reconocer en él el testigo de una época, su cultura, su sociedad, sus intenciones..." veremos que aplica (sin problema) a los centros históricos porque cualquiera que sea, nos cuenta cómo era la vida cunado se hicieron sus edificios, sus calles y su configuración misma…

Hay hechos históricos que naturales o no, modifican lo histórico de los centros. Siempre me ha fascinado escuchar a los arquitectos mayores hablar de sus tiempos de estudiantes en el Centro (histórico), en el edificio de la Academia de San Carlos, donde estaba la Escuela Nacional de Arquitectura, por ejemplo… La Construcción de la Ciudad Universitaria, totalmente periférica para la época, es un hecho que modificó como golpe de timón el desarrollo de la ciudad en su centro histórico, significó una especie de éxodo.

Como arquitecto me interesa particularmente cómo se construía. Los centros históricos seducen a quienes nos gustan las “piedras viejas”, como se dice popularmente. Me sigue impresionando sobremanera que las catedrales –léase los edificios “antiguos”, “no tuvieran varillas”, también por ejemplo, de allí que las techumbres estén reconstruidas en su gran mayoría…pero ¿como es que se mantienen hasta ahora con esa categoría? ¿De donde su digna longevidad?, ¿es porque son de piedra y hechos a mano? Pero en ese caso, ¿en que se diferencian de los centros ceremoniales o simplemente arqueológicos?

Otra cuestión que resulta imprescindible precisar es su ubicación no necesariamentente como centro magnético o geográfico. Por ejemplo Panamá tiene un centro histórico prácticmanete periférico, que es su “Casco Antiguo”, recientemente reconstruido y revalorado en sus atributos de bien turístico y bien raíz…

A final de cuentas hablar de centros histórcios es hablar de herencia y por lo mismo de salvaguarda, ¿qué tanta historia o tiempo es necesario para que un lugar pueda considerarse un centro histócio? ¿Un downtown puede se un centro histórico? Por ejmplo Manhattan, o urbanizaciones del siglo XX tendrían vocación de convertirse en cemntros hostóricos?. Quizás resulte impensble; desde mi perspectiva, (contra lo que más desearíamos los arquitectos) la velocidad desatada desde la industrilización del siglo XX se antoja inversamente proporcional a la longevidad de la arquitecutra necesaria para integrar centros históricos (no necesariamente, por supuesto). Así caemos en la cuenta de la responsbildiad de su salvaguarda, para desarrollar otras habilidades, quizás de exaltación, reutilización e integración. El tiempo siempre mimetiza distintas épocas, a saber, y eso resulta esperanzador. Los centros históricos pueden evolucionar, por supuesto.

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DE LA INFRAESTRUCTURA DEPORTIVA / Colaboración para suplemento “Espacio Urbano” de El Financiero mayo 2014

De cara al Mundial Brazil 2014, es inevitable reflexionar sobre infraestructura deportiva, y sobre todo lo que un evento de esta naturaleza -mundial u olimpiadas- puede representar para un país. Nosotros hemos tenido juegos olímpicos en 1968, mundial en 1970, y un segundo mundial en el 1986. ¿qué beneficio, consecuencia, o patrimonio nos dejaron estos eventos?. Hablando de la Ciudad de México, y exclusivamente desde la (mi) memoria, están el Estadio Azteca (de Pedro Ramírez Vázquez), la Villa Olimpica (de Ramón Torres con Agustín Hernández y Manuel González Rul), los vestigios de la “Ruta de la Amistad” -con un valioso acervo de esculturas urabnas, algunas ahora agrupadas y slavaguardadas frente a Perisur, debajo de segundos pisos impensables en aquella época- cierto desarrollo hacia la zona sur del DF hacia Xochimilco y Cuemanco…El Palacio de los Deportes (de Félix Candela, Antonio Peyri y Enrique Castañeda) o el complejo deportivo La Magdalena Mixuca -no tan afortunado- que si bien no fue proyectado específicamente para las olimpiadas del 68, lejanamente nos recuerda algo de “aquellos tiempos olímpicos”. Nostalgia, memorabilia urbana, un arquitecto orquestador –Ramírez Vázquez-, y un diseño gráfico maravilloso de Lance Wayman con Eduardo Terrazas. En resumen, una especie de desarrollo urbano y cultural, amén de la derrama económica de los cortos, medianos y largos plazos; no cualquier cosa de la que poco se puede decir cuantitativamente.

Barcelona 1992 fue un ito sobre todo en lo que toca al desarrollo urbano que significó para la ciudad en su crecimiento. El “modelo Barcelona” se convirtió en ejemplo recurrente del “deber ser urbanístico” en las escuelas de arquitetctura, acaso promovido por un afortunado binomio “alcalde -Pasqual Maragall- y arquitecto -Oriol Bohigas-“ (conocer sus semblanzas y su formación  ayuda a comprender el caso de éxito) que 22 años después ha comenzado a desmitificarse con todo y la significativa herencia arquitectónica que quedó en la ciudad catalana.

Atenas ganó para 2004 la sede de los juegos olímpicos a Roma, no por mucha ventaja, y apostó mayormente por la espectacular obra de Santiago Calatrava; en su portunidad salieron a la luz los sobrecostes de su infraestructura…pero la histórica quiebra económica de ese país, hace cuestionar a cualquiera las garantías de la infraestuctura deportiva en el destino de una ciudad o de un país.

En el caso (olímpico) reciente de Londres 2012, la potencia británica apostó por la regeneración urbana del “lado este” de la ciudad –integrado por zonas social y económicamente más vulnerables-, mediante la creación de un Parque Olímpico de 200 hectáreas construido sobre un antiguo complejo industrial (Stratford), que sería su legado para el futuro de la Ciudad. La producción arquitectónica deportiva derivada de su plan maestro estuvo protagonizada por una arquitectura de aguda marca sostenible: el “Olympic Stadium” (de “Populous”, un mega despacho de arquitectura con extensa producción en estadios e instalaciones deportivas) presentó un lugar de montaje para el espectáculo olímpico que posteriormente se transformaría para su re-uso a largo plazo (será el anfitrión del Campeonato del Mundo de Atletismo en 2017); el “Basketball Arena” (de Wilkinson Eyre Architects), un estadio con 12,000 asientos diseñado para ser desmontado o “reciclado” en dos terceras partes de sus componentes. El “Aquatics Centre” (de Zaha Hadid Architects). El “Olympic VeloPark” (de Hopkins Architects), una pieza de significativa belleza con forma de plato de madera y acero que se convirtió también en emblema de la sostenibilidad por sus atributos verdes; y especialmente el diseño urbano y de paisaje de todo el parque post-olímpico llamado “Queen Elizabeth Olympic Park” (de James Corner Field Operations). Un ejemplo impresionante que hizo avanzar hacia delante el reloj de la historia de la infraestructura deportiva: La herencia se orienta hacia lo sostenible y no solo a un patrimonio arquitectónico o cultural.

La recientemente ganadora Tokio, como ciudad olímpica ganadora para el año 2020 llama la atención por diversos motivos que no son muy ajenos a lo anterior.

El supuesto trinomio “antidoping - honestidad social- fondos suficientes” que determinaron en cierta medida la votación a favor de la capital nipona, destaca por la importancia que cobran los valores humanos –antidoping y honestidad social- en una decisión de este calibre. El tema económico por otra parte, indica que se tuvo muy presente la amarga experiencia de Atenas 2004, y la tesis de que una olimpiada es lo mejor que le puede pasar a una ciudad –el caso de la favorita Madrid, por tercera vez eliminada- se supera en un competidísimo proceso de selección que va mucho más allá de la convenciencia urbana o arquitectónica que puede ofrecer tal o cual país. Tokio ya fue sede olímpica en 1964, y dejó un invaluable patrimonio arquitectónico, principalmente de Kenzo Tange (primer Premio Pritzker japonés en 1987), autor del famosísimo conjunto de las dos “arenas olímpicas”, proyectadas en 1960 y concluidas en el otoño de 1964. Las peticiones firmadas por los arquitectos Toyo Ito, Fumihiko Maki o Edward Suzuki contra el futuro New Tokio National Stadium proyectado por Zaha Hadid para albergar los juegos olímpicos (sobre todo en términos de la escla del edificio), pone de manifiesto el altísimo nviel de sofisticación urbana y profesional que hoy en día implica el reto olímpico para cualquier país.

Si bien esta breve reflexión (o revisión) se borda parcialmente desde la disciplina de la arquitectura o el urbanismo, el caso del muy próximo Brasil 2014 pone sobre la mesa de forma imprevista e inusitada una perspectiva social que no puede ignorarse, no verse, amén de la infraestructura deportiva que servirá al mundo entero en breve, por lo menos durante el campeonato mundial que se avecina.

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DE MONUMENTOS Y MEMORIALES / Colaboración para suplemento “Espacio Urbano” de El Financiero abril 2014

La palabra monumento viene del latín monumentum, y la RAE lo define en su primera acepción como  “Obra pública y patente, como una estatua, una inscripción o un sepulcro, puesta en memoria de una acción heroica u otra cosa singular”.

Conocemos los monumentos desde que tenemos conciencia. El ángel de la Independencia, el Monumento a la Revolución, algún obelisco o, es más, el Estadio Azteca si se quiere. Pero los memoriales no lo sé; requieren mayor conciencia, un mínimo de cuestionamiento y racionalización adicionales a lo que nos da la memoria más lejana posible, la de la niñez. Supongo que tiene razón Carlos Puig en su texto “La Diferencia Entre un Memorial y un Monumento” cuando define –o precisa- que los monumentos son a la historia lo que los memoriales a la memoria “…La creación de la memoria es el memorial, un género de obra arquitectónica que cada día cobra más relevancia, puesto que se trata de espacios abiertos a la interpretación…El producto arquitectónico de la historia es el monumento”. Justo, aunque habría que añadir (no a su texto) alguna explicación adicional al concepto de monumento en cuanto a la escala o la masividad que reiterativamente nos identifica en el mundo debido a nuestra historia y a nuestras raíces... México es radicalmente monumental.

La primera vez que tuve relación –digamos “consciente”- con el proyecto de un memorial fue en 2005 participando en el concurso “The National AIDS Memorial Competition” para un memorial dedicado a las víctimas del sida que se construiría en el Golden Gate Park, en San Francisco California. La experiencia adquirida en esa participación y la impecable organización del concurso (impecable alude al proceso, desde la convocatoria hasta el fallo del jurado) nos sirvió muy especialmente de gran aprendizaje por diversos motivos.

El memorial y la idea de dedicar un espacio público a su “presencia” es un ejercicio de diseño que por lo general no requiere resolver un problema específico de espacio físico, no se trata de satisfacer una necesidad tal y como estamos acostumbrados los arquitectos…se trata de “significar” algún acontecimiento en algún lugar público que alguien decidió previamente. En el caso del concurso en San Francisco, después de hacer varios intentos de diseño desde una óptica de lo nefasto y la desgracia, tuve la elemental idea de poner (me) en primera persona: “y si un ser querido fuera víctima del sida, ¿le daría un memorial nefasto o desgraciado? Así entendimos que de lo que se trataba era de lo contrario: buscamos la forma de significar “esperanza”, que fue un concepto que la mayoría de los participantes incorporamos en nuestras propuestas, muy obviamente. Acto seguido entendimos también esa condición del “caso por caso” inherente en el diseño de un memorial; aquí no había nombres y por lo tanto caímos en la cuenta que cualquier “literalidad” comprometería gravemente la interpretación del memorial. Nos prohibimos cualquier mensaje con letras. Es un tema delicadísimo, elogio del mayor tacto en cuanto a intervención socialmente urbana desde su mensaje en tanto memoria. Si los memoriales contribuyen además al mejoramiento urbano enriqueciendo el espacio público, aportamos un valor agregado que viene por añadidura: como sociedad tenemos memoria y se materializa en lugares privilegiados, dedicados ex profeso, que evitan el olvido desde la presencia presente, como nuestra memoria. Monumentos o memoriales, a final de cuentas son inherentes al espacio público; muchas veces se dedican parques a la memoria de un personaje –el Parque Lincoln en Polanco, por ejemplo-  o a un país, el Parque México o el Parque España, en la Colonia Condesa; aquí la pregunta subsiguiente sería ¿podríamos habitar sin memoria?

Volviendo a nuestro ejemplo en San Francisco, la propuesta ganadora denominada “Living Memorial” –excelente en mi opinión- incorporó el concepto de esperanza a partir del renacimiento de la naturaleza ulterior a una devastación -la pandemia del sida- representada sutilmente mediante un paisaje carbonizado por un incendio…Dicha propuesta presentó a manera de línea del tiempo la forma cómo se transformaría el “lugar-memorial” haciéndose cada año más vivo…”con el tiempo brotarán elementos tomados de la vegetación de un bosque lleno de cicatrices del fuego para evocar un sentimiento de pérdida y renovación”.

De los ejemplos relativamente recientes más famosos (acaso medibles por algún número de visitas reales + virtuales, además de  su significado o de su “discurso”) habría que citar entre otros el Memorial del Holocausto en Berlín, de Peter Eisenman; el memorial a los Veteranos del Vietnam en Washington, de Maya Lin, o el memorial 9/11 en Nueva York de Michael Arad. En México la Estela de Luz, de Cesar Pérez Becerril, Raúl Peña y Martín Gutiérrez, entendido como monumento al Bicentenario de nuestra Independencia que está en cierta especie de “proceso de apropiación” y que contemplaba en su diseño original una plaza y un memorial que lo dejaron incompleto, o el más reciente Memorial a las Víctimas de la Violencia, de Julio Gaeta y Luby Springal inaugurado hace poco más de un año, también en cierto proceso de apropiación -o acaso de asimilación- a saber también, entre varios otros.

JVdM